Serie Cuerdas Vocales
Vista de la instalación
Humberto Chávez
Serie Gargantas
Serie Gargantas
Tiempo Muerto
Humberto Chávez
Marzo 25 - Mayo 20, 2007
Tiempo Muerto, diario de una instalación

El tiempo muerto es el tiempo del no deseo, la gramática que queda en los objetos, lugares, situaciones y seres marcados por la pérdida del deseo que les confería una función original. Su sentido se configura, asimismo, con las consecuencias que provoca al irrumpir en la vida de algo o de alguien, con un discurso otro que lo reconstituye a partir de una nueva memoria, de una nueva voluntad que dota a sus signos de nuevas realidades y lecturas.

En su diario Humberto Chávez lo advierte en espacios de abandono emblemáticos hechos ex profeso para contenerlo –como lo son cementerios, tiendas de antigüedades y de segunda mano- pero también en la vastedad de un sorprendente repertorio cotidiano, constituido por bastones, muñecos, animales disecados, afecciones en las cuerdas vocales, costumbres interrumpidas por cambios en los hábitos, un matricidio, actos amorosos carentes de amor, la voluntad incumplida de un rey, las ruinas de un restaurante llamado El porvenir, una reservación en una cafetería, la búsqueda fallida de una tienda que alberga un objeto anhelado, ciudades –como Brujas- donde el tiempo muerto coexiste con el tiempo detenido, vivencias nostálgicas en una habitación de hotel parisino, la fotografía de un primo travesti, dolencias del cuerpo, sillas para reinventar la memoria, el recuerdo de una melodía escuchada en la infancia, el espacio secreto de una casa, una carriola, una muñeca rota, cierta crisis colectiva provocada por un sicotizado veterano de guerra, un horrendo mono disecado, la muerte de una querida amiga y suma y sigue…

El diario y la instalación fundamentan su abordaje de la pérdida en una reflexión de orden semiótico, que establece alianzas con autores de campos diversos, como el científico Stephen Hawking y el instalacionista ruso Ilia Kabakov. Del primero, Chávez retoma su idea de las tres flechas del tiempo (las sicológica, la termodinámica, y la cosmológica) y del segundo su concepto de espacialidad. Otros autores, asimismo, se van asomando en la narración del artista, cuya propuesta nos señala el papel que juega el deseo en la integración y desintegración de los objetos en los espacios cotidianos y la posibilidad de crear memorias fantasmales de formas-signo-recuerdo no vividas.

La riqueza teórica del diario no riñe en absoluto con la fascinación del viaje que el autor nos transmite a lo largo de sus páginas. Tanto como los conceptos, gravitan temperaturas diversas –desde la exaltación provocada por el encuentro hasta el drama que registra una gran pérdida- y la seductora frescura de una figura que Chávez nombra en algún pasaje y que mi modo de ver lo representa a él re-descubriendo al mundo a la luz de su proyecto: el visitante que ofrece una transformación innovadora, el extranjero que toma por propiedad una casa que pareciera estarlo esperando. Ese visitante, acaso desprejuiciado y desafectado al construir una memoria de lo no vivido desde la distancia de su extranjería, nos invita a (re) potencializar nuestro deseo y a construir un mundo en second chance.

El artista concibe una instalación como una suerte de cámara de reciclaje del deseo, en la que objeto e imágenes resucitan en el presente una memoria irrecordable, pero abierta a la invención de nuestro deseo. El Diario y el montaje se integran a partir de tres conciencias temporales fundamentadas en la semiótica, que el artista propone para abordar esta instalación en particular, y las instalaciones artísticas en general: la sensitiva (correspondiente a un tiempo primero, cualitativo), la perceptiva (correspondiente a un tiempo segundo, referido a la experiencia de lo real) y la prospectiva (dirigida a un tiempo tercero, proyectivo, abocado a la transformación de la memoria y de la construcción del pasado.

Siguiendo la misma tónica del autor, la instalación es un efecto, no sabemos si del Diario, de las huellas arbitrarias de una memoria, o de las posibles interpretaciones de un público. Éste, al interpretar, regresa a la dimensión cosmológica del tiempo y crea el pasado de la obra. Ahora bien, ¿cómo acceder a ese espacio insólito (Chávez lo llama ingenuo) de presentificación, con apariencia de natural pero desnaturalizado, donde habitan los efectos, sólo los efectos y no las causas, que deseamos conocer y que sin embargo perderían sentido al conocerlas? El proyecto de Chávez es una suerte de Museo, sólo que extrañamente no intenta mostrar ni la verdad ni la realidad, aunque las imágenes sean seductoramente reales. Él lo concibe como una dimensión burbuja, de segunda mano (tal vez fuera más justo decir de segunda oportunidad) de un mundo despojado de la necesidad de la creencia.

La trayectoria artística de Humberto Chávez se ha caracterizado por su poder de modificar nuestra percepción del mundo y del arte. El Tiempo Muerto reafirma es poder y lo extiende al campo literario donde el juego de la ficción se constituye bajo la investigación de la realidad, cuyo registro desfigura las formas genéricas tradicionales.

Luis Rius Caso


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Humberto Chávez

Nació en la Ciudad de México en 1951. Realizó estudios de especialización en fotografía en Japón. Ha presentado diversas exposiciones individuales y colectivas de fotografía e instalación tanto en México como en el extranjero. Es investigador del CENIDIAP-INBA. Su propuesta de investigación se dirige a los modelos complejos y la semiótica en el campo del análisis, la producción y la educación artísticas. Actualmente es director de la licenciatura en Artes Visuales de la Escuela Superior de Artes de Yucatán.
Es autor de textos y artículos en libros y revistas especializadas. Entre sus principales libros publicados se pueden mencionar “Síndrome de la moneda perdida” (1995), “Dispositivos Imaginarios” (1996)  y “Tiempo Muerto” (2005).
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